Minyetty el héroe que salvó a las indefensas

Una plegaria por Misael.                                                                                            Por: Valentín Medrano Peña.

De niño, mi héroe de la historia de hoy, soñaba con ser un detective, lo que a la sazón significaba ser protagonista de una película policial en la que los villanos eran siempre arrestados por el detective, a quien ya no le cabían en el pecho más condecoraciones por sus actos heroicos y por siempre salvar a la ciudad y mantener la paz.

Su carácter se formó y templó para el bien. Su madre era muy recta y sus correcciones abonaron aún más su vocación por el orden y la justicia. Muy niño dijo a su madre que quería ser policía para arrestar a los delincuentes y salvaguardar a las madres solteras como ella de los facinerosos. La madre y otros relacionados trataron de disuadirle. “Sé músico como tu tío Reinaldo”, y más allá de leer partituras y dominar mínimamente algunos instrumentos, enrumbó desde que pudo decidir por sí mismo su procura a su verdadera vocación y pasión.

Adolescente convenció a un amigo vecino de que le pidiera a su padre, todo un general del Ejército, para que los apadrinara a ingresar a la academia de formación militar, logrando ingresar y cursar sus primeros años, y luego se transfirió a la Policía, y al fin podría ver su sueño pueril hecho realidad. Sería un policía, un detective.

Cuando alcanzó el rango de Capitán fue víctima de un celado abuso, y separado de las filas, los fiscales que prestaron servicio a su lado en operativos e investigaciones de la Dirección de Drogas se consternaron con la situación, pues le consideraban el oficial más correcto de toda la dotación y un ejemplo para la comunidad y la institución policial.

Fue entonces cuando le conocí. El fiscal Yorelbin Rivas fue el primero en abordarme para hablarme del caso diciendo: “es un oficial con el que tú sales confiado de que no va a hacer nada indebido y respetará las normas, no entiendo porque le hacen esto, te pido que lo ayudes, toma su caso por favor”, pocos días después recibía el mismo testimonio de Ysaura Suárez, Shirley Aurich y otros fiscales, por lo que asumí su caso, y creo que lo asumí a él también.

Al presentármelo, en una tarde extrañamente calurosa de Marzo, se puso en atención militar, por un momento olvidó su condición, y antes de extender su mano para saludar la mía ya extendida, dijo, Capitán Misael Esteban Pimentel Minyetty, señor. A lo que respondí sólo diciendo un placer Minyetty, ahora tengo una medida de coerción, podemos hablar después, y me fui al Furgón de la Charles. La audiencia terminó algo más de las nueve de la noche, y ahí, bajo la escalinata aún permanecía el soldado Minyetty, con quien he permanecido en contacto desde entonces sin que medie un solo día sin hablarnos. Se hizo parte de la familia.

En este trajinar he hablado con prácticamente todos los generales de la policía y con al menos tres jefes de la policía, y todos me juran y certifican que su caso fue un absoluto abuso, una arbitrariedad, y que no había justificación para hacerlo, que constituye una ignominia, pero nadie hizo ni hace nada por remediarlo. Y a pesar de que la misma institución me certificó que los dos únicos órganos investigativos internos para asuntos disciplinarios, Asuntos Internos, que para la época lo dirigía el General Franklin Vitini, e Inspectoria General, dirigido entonces por el General Valentín Rosado Vicioso, jamás investigaron su caso, por lo que tácitamente también certificaban que se trataba de una violación al debido proceso de ley administrativo-sancionador, sin embargo ni el Tribunal Contencioso ni el Constitucional se dieron la oportunidad de impartir justicia. Ufff la justicia en este país es asunto pendiente.

Durante casi diez años he luchado, procurado, pedido, rogado para que se haga justicia. Para que le devuelvan su dignidad. Y es también un tema en espera. Algún día, suele decirse para si, algún día será…

Cuando veo su caso y el marasmo que he tenido en su solución me veo en mi realidad, la de alguien sin conexiones políticas ni de poder para resolver una nimiedad. Hemos fracasado.

Minyetty no dejó nunca de ser policía, fue un soldado condecorado en Irak, y sus bonos en términos de resultados son altísimos en el ámbito investigativo y operativo policial.

Durante estos años he recibido testimonios de su heroicidad en el servicio de colegas y beneficiarios, ciudadanos que contaron con una correcta respuesta policial.

Harán hoy seis días, Minyetty pasó por casa, teníamos algo pendiente que podía esperar el desarrollo de la cuarentena, pero su acostumbrada vocación de servicio le hicieron apresurar. La obligación de distanciamiento social hizo corto el encuentro. En la madrugada del día posterior, El niño detective Minyetty despertó cuando escuchaba gritos desesperados de auxilios, reconoció las voces de sus vecinas que angustiadas gritaban la presencia de un ladrón, que a pesar de sus gritos no deponía de su interés de penetrar su hogar con quien sabe que intenciones. Minyetty el policía, el hombre que juró un compromiso que ni siquiera el retiro de uniformes y rangos le hicieron abandonar, salió presto a servir, servir, quizá sea la palabra que junto a solidaridad más le definen.

Al rápido señalamiento del lugar donde estaba el caco, en el techo de la vivienda, presto y veloz subió al techo para encarar posiblemente la muerte de manos de un malviviente.

Intentando repeler el intento de robo, jugando a ser el heroe que soñó e procuró siempre ser, cayó desde lo alto encima de una pared de cemento. El ladrón también cayó, pero tuvo mejor suerte y huyó. Las mujeres indefensas salvaron sus vidas. Pero Minyetty se llevó la peor parte. Ruptura de varias costillas y el hombro, y la afectación de hígado y abdomen. Luego de tres cirugías, ya no hay nada que médicamente pueda hacerse. Se debate entre la vida y la muerte, con expectativas sombrías. Dios y sus acostumbrados milagros pueden hacer la obra. Está estadísticamente vivo gracias a los aparatos, y desde hace tres dias se encuentra en estado comatoso.

Minyetty siempre fue un héroe, solo que no hubo razones suficientes para escribirlo, y jamás se ufanaría de ello. Y la sociedad egoísta le diría adiós sin ovaciones y el reconocimiento debido. Actuó como lo que fue desde niño, el detective que arriesga su vida para defender la justicia y apresar a los malvados. El detective que no pensó que al jugarse su vida podría dejar a sus hijos huérfanos y a sus amigos llorosos. El héroe Minyetty, el policía necesario.