Evitar la catástrofe financiera




Muchos países en desarrollo han de hacer frente ahora a costos abrumadores del servicio de la deuda, precisamente en un momento en que sus presupuestos nacionales están al límite de sus posibilidades y su capacidad para subir los impuestos se ve reducida. La pandemia aumentará el número de personas extremadamente pobres en unos 120 millones a nivel mundial; más de tres cuartas partes de estos “nuevos pobres” se encuentran en países de ingreso mediano.

Estos países necesitan una mano amiga para evitar la catástrofe financiera y poder invertir en una sólida recuperación.

El Fondo Monetario Internacional ha intervenido para asignar 650.000 millones de dólares en derechos especiales de giro, la mejor manera de aumentar los fondos disponibles para las economías con problemas de liquidez. Los países más ricos deberían canalizar la parte de estos fondos que no utilizan hacia los países de ingreso bajo y mediano. Esto sería una verdadera demostración de solidaridad.

Acojo con satisfacción las medidas que ya ha adoptado el G20, como la Iniciativa de Suspensión del Servicio de la Deuda y el Marco Común para el Tratamiento de la Deuda más allá de la Iniciativa de Suspensión del Servicio de la Deuda. Pero no son suficientes. El alivio de la deuda debe extenderse a todos los países de ingreso medio que lo necesiten. Los prestamistas privados también deberían sumarse a la iniciativa.
La reducción completa de emisiones de gases de efecto invernadero

La tercera prueba de solidaridad tiene que ver con el cambio climático. La mayoría de las grandes economías se han comprometido a reducir sus emisiones para alcanzar el nivel cero a mediados de siglo, en consonancia con la meta del Acuerdo de París sobre los 1,5 º centígrados. Para que la Conferencia de las Partes en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que se celebrará en Glasgow sea un punto de inflexión, necesitamos que todos los países del G20, y el mundo en desarrollo, hagan la misma promesa.


Pero los países en desarrollo necesitan garantías de que su aspiración contará con un apoyo financiero y técnico, incluidos los 100.000 millones de dólares de financiación anual para el clima que les prometieron los países desarrollados hace más de una década. Esta expectativa es absolutamente razonable. Desde el Caribe hasta el Pacífico, las economías en desarrollo han tenido que hacer frente a enormes gastos de infraestructura ocasionados por un siglo de emisiones de gases de efecto invernadero de las que no son responsables.

La solidaridad comienza con la entrega de los 100.000 millones de dólares y debería incluir la asignación del 50 % de la financiación para el clima a la adaptación, como las viviendas resilientes, las carreteras elevadas y los sistemas eficientes de alerta temprana que puedan resistir tormentas, sequías y otros fenómenos meteorológicos extremos.